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Nacido para cantar

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Por Ricardo Espinoza Rumiche  El charrito de oro  Con la música nos enamoramos, aunque también nos entristecemos. Siempre nos devuelve un recuerdo cada vez que la sentimos. La música es arte, pero también es ciencia. Es alegría, pero también tristeza; es presente y pasado; es paz y violencia. La música abraza, pero también es capaz de desencadenar recuerdos perturbadores. La música es vida y es tan necesaria para el alma, al igual que los ejercicios para el cuerpo.  Para Anthony Sandoval Espinoza, la música es una bendición que heredó de su familia materna. Sus abuelos le han contado desde muy niño que, cuando él todavía no llegaba a este mundo, ellos le cantaban mientras él aprendía a moverse dentro de su madre.  Toda la familia materna ha estado ligada con el hermoso arte de transmitir sonidos en todas sus variedades. Su bisabuelo, don Oscar Olaya Naranjo, fue un músico especialista en la guitarra. Su fuerte estaba en los boleros, pasillos, así como en ...

De profesión, pescador

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Por Manuel W. Espinoza Silva Hace varias lunas, tras un reencuentro inesperado con mis amigos Julio y Roberto, terminé embarcado en el Ruby-5, un atunero pequeño, de madera, que ya tenía más de 50 años en faenas de pesca de altura. Yo era un pescador de tipo arrastre y ni por un segundo se me había ocurrido cambiar ese ambiente. No obstante, cuando Roberto tocó la puerta de mi casa, sabía que no tenía escapatoria. Había tenido decenas de conversaciones con amigos donde nos jurábamos emprender proyectos, pero ninguno pasaba de una conversación seria y concreta. Sin embargo, con Roberto y con Julio no había marcha atrás y cuatro días después zarpábamos con rumbo norte.  En esa primera mañana, el desayuno fue anunciado por una campana. Estábamos a la altura de Los Órganos donde muchas veces había pescado lo mejor de las especies de consumo humano directo. No obstante, a pesar de la bendición que teníamos los pescadores de tipo arrastre, la mayoría de tripulantes soñaban co...

Artesanos: sabiduría, experiencia y pasión

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Por Ricardo Espinoza Rumiche El tejedor Edilberto Acaro Barrientos no tiene un número estimado de cuántas esteras ha fabricado en toda su vida. Tiene sesentaicuatro años de edad y trabaja en la esterería desde los diez, cuando su padre le heredó la costumbre que, años después, se convirtiera en pasión. Siempre trabaja descalzo y sentado bajo un árbol enorme a quien, en momentos especiales, ha tildado de familia. No para de tejer ni para conversar. Tiene las manos gruesas como las de un pescador viejo, como las de un mecánico experto. Las manos, dicen, sirven para crear, y por eso la famosa frase “manos a la obra”. En el caso de Edilberto Acaro Barrientos, sus manos reflejan el arduo trabajo que, a diario, han fabricado una incontable suma de esteras que se han vendido en diferentes partes del país. “De aquí no me saca nadie, dice sonriendo, hasta que la muerte nos separe”. A Edilberto Acaro Barrientos lo conocí un día cualquiera, de casualidad, cuando un habitante de Vivia...

Jorge Hidalgo Castillo

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  Jorge Hidalgo Castillo Don Jorge Hidalgo Castillo es el mejor ejemplo para entender que no se necesita de haber nacido en este puerto para quererlo y defenderlo. Lo quiso porque fue un hombre preocupado con el cambio. Sin temor a equivocarme, yo lo pondría entre los historiadores paiteños. En sus libros nos regaló su voz y su reminiscencia, su dolor y su consuelo. Se va un hombre con autoridad moral que se hizo experto en el pasado con su “Paita Idolatrada” . ¿Cómo se puede querer a la tierra si no es conociendo su historia? Don Jorge lo sabía y por eso escribía para que nosotros entendiéramos de dónde veníamos y hacia dónde deberíamos apuntar; creaba poesía para que fuéramos capaces de sentir el lugar que por naturaleza nos había sido heredado; y, como si fuera poco, componía canciones sobre el puerto que lo acogió a él y a su familia en tiempos difíciles, como para que rompiéramos en llanto cuando la distancia estremeciera nuestra alma. Amaba nuestro puerto y se propuso la mi...

Cumbiambero no fui y mi vida se va acabando

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Antes de los trece años experimenté mi primer “tono” casero. Pasé de Parchis a Maniac y de las fiestas vigiladas por la madre de cualquiera del grupo, para cambiarlas por una sala despejada. La mayoría de mi gallada eran quinceañeros: “los malcriados”, les decían, porque eran malcriadisisisisísimos por donde se les viera, pero que tiempo después fuimos conocidos como los Cheis; y yo, con apenas trece años, los seguía a diario sin conocer el rumbo definido. Aquella mañana, en mancha, como tantas veces lo hicimos rumbo a una bronca cualquiera para dizque defender el territorio o subsanar alguna humillación con sabor a pretexto, entramos a la tienda del chino Carmelo, en la Junín. Yo no sabía ni preguntaba para qué llevaban una caja de pasta de dientes. Lo único que había escuchado era que tenía que ser de la Closeup y no de la Kolinos que compraba mi madre. La cosa que de la tienda del chino Carmelo salimos con un disco de vinilo. Yo me quedé volando: “¿Una caja de dentífrico por un disc...

Fragmento de "El príncipe del rectángulo"

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"Y de veras se puso feo esta vez", pensó Martín Collazos, El cielo oscuro sonaba con insistencia. Se levantó del diván, se colocó sus zapatillas sin medias y caminó hasta la puerta: la bulla iba en aumento. Eran golpes fuertes que repercutían en medio de la tormenta. Había anunciado de a pocos el norte fuerte; pero había crecido rápido. Miró desde su ventana hacia la playa y la lluvia desdibujaba la bahía. Una cortina de gotas impedía la perfecta visión. Alrededor del cerro la vista siempre es prodigiosa, pero esta vez se esfuerza para echar una mirada a la flota fondeada. El viento, cuando aumenta, las invita a bailar a su ritmo. Acurrucado en el camarote de la pequeña cabina, a centímetros del piso y techo de la bodega, Pedro Collazos se despierta a tiempo. Los cabos se han reventado, se han deshilachados. Con el corazón inservible yacen inertes besando la madera de la proa. Logra encender en primera instancia, como nunca lo hace. “Estoy de suerte”, piensa y ron...

LOS MISERABLES

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En el puerto de Paita se ha puesto de moda la palabra MISERABLE, así, con mayúsculas y en voz alta. La gente la repite a cada rato. Es un dardo, una cachetada y un llamado a la conciencia. “Miserable”, lo dijo en voz alta el alcalde de Paita don Pedro Cuadros Alzamora, cuando un grupo de ciudadanos asistimos a una marcha en contra de su gestión, en ese momento, llena de juergas y parafernalias mientras once paiteños eran asesinados en sus narices. En aquella marcha, fueron los propios deudos los que asistieron con las fotografías de sus familiares. Marchaban los hijos, las esposas, los abuelos y hasta los vecinos. Todos indignados ante una autoridad que ignoraba lo que estaba sucediendo y prefería bailar en escenarios, contratando orquestas y demás artistas de otras provincias y hasta en su discoteca favorita llena de etiquetas azules. Sí, el jefe de seguridad Ciudadana y del COPROSEC hacía caso omiso a los reclamos de la ciudadanía que, preocupada por la situación, no le quedó otra co...