Fragmento de "El príncipe del rectángulo"


"Y de veras se puso feo esta vez", pensó Martín Collazos, El cielo oscuro sonaba con insistencia. Se levantó del diván, se colocó sus zapatillas sin medias y caminó hasta la puerta: la bulla iba en aumento. Eran golpes fuertes que repercutían en medio de la tormenta. Había anunciado de a pocos el norte fuerte; pero había crecido rápido. Miró desde su ventana hacia la playa y la lluvia desdibujaba la bahía. Una cortina de gotas impedía la perfecta visión. Alrededor del cerro la vista siempre es prodigiosa, pero esta vez se esfuerza para echar una mirada a la flota fondeada. El viento, cuando aumenta, las invita a bailar a su ritmo. Acurrucado en el camarote de la pequeña cabina, a centímetros del piso y techo de la bodega, Pedro Collazos se despierta a tiempo. Los cabos se han reventado, se han deshilachados. Con el corazón inservible yacen inertes besando la madera de la proa. Logra encender en primera instancia, como nunca lo hace. “Estoy de suerte”, piensa y ronroneante el motor de la pequeña nave dándole vida a la madera. “Ron, ron, ron”, vuelve a gritar desesperado. Es un grito salvador, ron ron ron. Parejo y fuerte. Y Pedro: gracias cautivito, mirando al cielo, reza. Se ha olvidado que un pescador agradece a su patrón, al del barquito, su tocayo. Olvida que sueña con pasearlo el 29 de junio de cualquier año.  Ron ron ron. Acelera: maniobra la rueda con fuerza para estribor, regresa las mismas vueltas para babor. No es como los autos, hay que adelantársele a la inercia. Marcha adelante, marcha atrás y logra sacar la pequeña nave del barullo en que se ha convertido la bahía. 
"Se están varando en la playa", grita el vecino de al lado. El Toril parece un dique. Y Martín Collazos sale de su casa, corre con zapatillas y pantalones cortos, no es necesario cubrirse el dorso porque pesa la ropa con la lluvia. Cruza la basílica de la Mechita y baja el cerro a velocidad, como cuando se le rompe el ovillo de su cometa. El viento lo golpea con fuerza en la cara, el ardor de las gotas refrescan su rostro. Llega  a la plaza de armas y el reloj de la iglesia San Francisco le dice que hace rato que se ha acabado el sábado. En la capitanía del puerto, el comandante Cassinelli reparte a su gente para el rescate. Tres efectivos de la marina lo acompañan, llevan chalecos anaranjados, brillan como  luciérnagas cuando las luces los señalan. La lluvia aumenta con el viento, el comandante se cubre la cabeza, “marinero que no le gusta mojarse”, sube en la camioneta y las llantas revolotean el agua. Y Martín Collazos: "son como los bomberos", piensa: siempre llegan tarde a la invitación. Antes de llegar a la playa un murmullo gigantesco se escucha en las cercanías, unísono grito de desesperación, la cosa empeora, el apagón es el culpable de los lamentos, las personas inconsolables. El club liberal sufre, el norte lo golpea con fuerza, la casona antigua se mece al ritmo que le canta el viento, sus maderas viejas gritan: son testigos de innumerables encuentros sociales.
Llega a la playa. 
Desde el cielo, una ráfaga de luces le muestra la desgracia, el horror es peor que la imagen que había en la mente: decenas de embarcaciones pequeñas yacen destrozadas, montadas unas encima de las otras. El llanto de los deudos se confunde con el soplido del viento norte. Solo se ven sombras que corren desesperados en busca de sus vidas. Dos nombres diferentes se escuchan, son gritos desgarradores: Pedro, Segundo. La mujer está con el rostro desgarrado y unas sandalias en la mano; rojas, como el color de la sangre. Se veían desgastadas del talón. El calzado siempre nos dice para dónde está desviada la columna. Una de ellas había perdido una de las tiras que la sostiene. La luz es escasa en los postes y la luna ausente dormía en otro lado del globo. La vieja mujer corre por la orilla empapada hasta por encima de las rodillas. Su falda está mojada, no sé si de la lluvia o de las resacas del mar.  Pedro, Segundo, grita sin descanso, buscándolos en la nada.
Frente al hotel Miramar, el viento ha varado una enorme lancha de color oscuro, convirtiendo la playa en un dique. Es poco menos de la una de la madrugada, doce y cincuentaicinco para ser exacto. 
Pedro había logrado sacar el pequeño bote del fondeadero. La intuición de un viejo pescador joven ayuda en casos de tempestades. Entró a la resaca un hombre y sujetó del brazo a la mujer de avanzada edad que se adentra a la confusión, la protege en su pecho y la mira, como diciéndole que no saca nada jugando a ser héroe. En el Perú los bustos están completos en los parques, y ella lo mira asustada. Enseguida llega un hombre de unos veinte y tantos  años: es su nieto Segundo, la sujeta y la saca de la orilla. "El bote lo han salvado", dice, mientras abrazaba a su madre abuela. Pedro lo ha salvado, está al garete, madre, le dice y, abrazándola, apaga su llanto. ¿Y Felipe?, pregunta la mujer. Papá debe estar con Pedro, le dice, es para que se tranquilice porque nadie sabe dónde duerme y dónde amanece un pescador viejo. 
Mucha gente corría a rescatar sus inversiones. La playa parecía llamar las embarcaciones y ellas obedecerle. En fila india se varaban indefensas en la arena, como si la naturaleza las hubiera hipnotizado. Las embarcaciones más pequeñas salían rápido con la ayuda de toda la familia reunida en la desgracia. Las enormes, como la lancha negra, quedaban escoradas en la orilla, como tronco de sapote viejo que nunca conoció la poda. Escena muy desgarradora. El llanto de los damnificados mezclándose con el rugir del viento norte y el silbido de las palmeras amenazando con golpear la arena. Tres lanchas yacen besando la orilla; dos de ellas, volteadas: La Pascua y la Misericordia del señor. La virgen de la puerta II se ha salvado, su motorista despertó a tiempo en la bahía y logró colocarla a buen recaudo, como Pedro; y, desde la orilla, se observan las luces pequeñas de las embarcaciones manteniéndose al garete. En una de esas luces está embarcado Pedro Collazos con el motor encendido y alejándose de lo que quiere el viento. 
Un yate blanco, que horas antes fue la estrella del fondeadero, se incrusta debajo del muelle, las maderas crujen, la proa queda sin punta, la fibra se esparce como la lluvia y queda para el recuerdo de quienes vieron toda su belleza blanca. Desastre terrenal. ¡Cuánto dolor en la playa!. 
Es una escena que deja sin fuerzas: llanto, lluvia, viento y frustración en medio de la resaca. 
        Segundo Collazos ha logrado tranquilizar el corazón de su madre abuela. Está descalzo, como ella. Las zapatillas ya no están en sus pies y no sabe en qué momento las perdió. Sin camiseta y pantalones cortos que en su inauguración fueron vaqueros, va saliendo de la playa. Su familia ha salvado el material de trabajo, la vida continuará cuando pase la tormenta. Un par de días o una semana y habrán olvidado la desgracia de esta madrugada. El mar, cuando llena tu bodega, te cura las depresiones, te borra las desgracias de la mente. El niño Martìn Collazos alcanza a ver a su abuela y a su hermano Segundo, se les une en un abrazo esperanzador y regresan a su casa. Cerca de una palmera, como escuchando sus latidos, un hombre de edad tercera, llora su dolor, se aferra a sentir un abrazo de la naturaleza. En la mano tiene una pequeña madera mojada, un pedazo de tronco que ha navegado cientos de millas náuticas. Es todo lo que le queda: las letras del nombre que escogió hace ya algún tiempo y el número de la matrícula: “El tropical -PT0035mp”. No hay herencias para el primogénito, sabe que se ha quedado sin nada. Su rostro está mojado y el llanto se confunde con la lluvia. 
Aferrándose al lomo desnudo del vegetal erguido, llora. Su mundo ha naufragado. Al amanecer, jubilación adelantada, forzada. Ya no queda nada, buen hombre, a tu edad recuperarse es cuestión de suerte. Hay que aprender a resignarse, buen hombre. Ya llegará el remedio, ojalá se le adelante a la muerte, buen hombre. 
Son muchas lunas que alumbraron las noches Paiteñas antes de estas escenas. Parece que la oscuridad se está apoderando de la bahía, ha secuestrado su brillo, pareciera que no quiere volver. 
Será muy difícil borrar de la mente de muchos Paiteños este verano de 1983, madrugada de dolor mientras el resto del país duerme plácidamente. Al amanecer, los techos de calaminas en las pistas como alfombras y las antenas aéreas señalando con su doblez la dirección en que sopló el fuerte viento norte.

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