Cumbiambero no fui y mi vida se va acabando
Antes de los trece años experimenté mi primer “tono” casero. Pasé de Parchis a Maniac y de las fiestas vigiladas por la madre de cualquiera del grupo, para cambiarlas por una sala despejada. La mayoría de mi gallada eran quinceañeros: “los malcriados”, les decían, porque eran malcriadisisisisísimos por donde se les viera, pero que tiempo después fuimos conocidos como los Cheis; y yo, con apenas trece años, los seguía a diario sin conocer el rumbo definido. Aquella mañana, en mancha, como tantas veces lo hicimos rumbo a una bronca cualquiera para dizque defender el territorio o subsanar alguna humillación con sabor a pretexto, entramos a la tienda del chino Carmelo, en la Junín. Yo no sabía ni preguntaba para qué llevaban una caja de pasta de dientes. Lo único que había escuchado era que tenía que ser de la Closeup y no de la Kolinos que compraba mi madre. La cosa que de la tienda del chino Carmelo salimos con un disco de vinilo. Yo me quedé volando: “¿Una caja de dentífrico por un disco de vinilo?, pregunté y me explicaron que era la oferta, pero que habían hecho temprano una chanchita para completar el precio del disco.
Todos lo miraban, lo olfateaban. Hubo uno que hasta se lo colocó cerca de la oreja. Para mí, desde luego, no era novedad un disco de vinilo porque mi padre tenía una colección de ellos, inmensa y surtida, que los cuidaba como se podría cuidar el oro. Discos que escuchábamos toda la cuadra desde tempranas horas del domingo. De todos los domingos. Era un ritual de un viejo pescador. Era un canto a la libertad. Era despertar fuera de ese ambiente donde el mar se unía con el cielo para ser testigos de mil escenas con aroma a sufrimiento.
Cuando llegamos a la casa de uno
de los malcriados, todos rodearon el tocadiscos. Yo me preguntaba qué música saldría
de ello. En mi cabeza, además de Parchis, solo sonaban las canciones de Camilo
Sesto, José José, Julio Iglesias, Enmanuel y hasta de Los Iracundos. Yo hasta ese
entonces no tenía mucha calle y no sabía de modas, pero los malcriados, gracias
a los barcos que llegaban a ENAPU, conocían la modernidad en teoría e intentaban
llevarla a la práctica.
Toda la mañana repitieron la misma
canción. La bailaban sin cansancio. En realidad, se mecían. Yo intentaba, pero
no lo hacía como ellos. La música era pegajosa, en inglés. ¿Qué estarían
diciendo?, ni hasta el día de hoy lo sé, pero todos los malcriados la
disfrutaban tanto que no quedaba otra que fingir que la cosa estaba pajaza.
En la noche se concretó el tono.
Se tenía que debutar con el disco de la oferta o la misión no estaría completa.
Debuté con el mismo tema, pero después de la quinta o sexta vez que la
pusieran. Había practicado en el baño de la casa de mi amigo porque no quería
quedar como un simplón incapaz de modernizarse. Las chicas todas eran mayores
que yo y, como es comprensible, nadie escogería bailar con el churre, así que
lo hice con mi hermana, así sufriera, porque si no me ayudaba en el debut, mi
madre se enteraría y era fijo que se la rajaban por no cuidar a su hermanito.
La canción era conocida como Maniac,
pero que sonaba a Meniac. Con el tiempo supe que significaba Maniaco o
maniático, y que había sido inspirada en una película de terror, Maniac, sobre
un asesino en serie en Nueva York. ¡Qué horror, qué debut!
Pero no se entendía, bueno, yo no
la entendía, solo me mecía para llevar el ritmo, hasta que llegó la película Flashdance
al cine FOX y, entonces, el mundo cambió para este churre encarcelado en las
buenas costumbres enseñadas por su madre, que eran casi castrenses, que ni
siquiera los morocos de La Marina las recibían en aquella época.
Con Maniac empieza una historia de
Pop y Rock en las calles del puerto. Para los malcriados era un pecado escuchar
“chicha” o cumbia, o cualquier otro género. Con las justas la parranda de Rully Rendo
aparecía de manera esporádica, pero apenas unos minutos porque dejar de ser “modernos”
era casi traicionarnos a nosotros mismos.
A los bailes callejeros no entrábamos así nos regalaran las entradas. Recuerdo que hubo una noche, ya después de la secundaria, que el Club de Leones nos invitó para entrar gratis. La idea de uno de los socios, que nos conocía, era que entráramos e hiciéramos el laberinto para que la gente que estaba en las afueras se animase a pagar su boleto de entrada. Lo hicimos, bailamos al ritmo de Armonía 10, que en esa época era como llevar a Pueblo Nuevo de Colán a la Nueva Dimensión del chino Lizardo.
¿Quién podía negarse a una obra caritativa del Club de Leones? Y resultó, les dejamos un buen inicio y salimos riendo para retomar nuestras vidas en la dizque discoteca de moda: el local de Acción Popular, donde bailábamos todos los sábados bajo la mirada tierna del fundador del partido.
Así fue mi adolescencia, lejos de la cumbia y la chicha, hace miles de años y muy lejos de sentir que mi vida se va acabando. De testigo
está la foto de Fernando Belaúnde con la banda presidencial puesta.

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