Nacido para cantar

Por Ricardo Espinoza Rumiche 

El charrito de oro 

Con la música nos enamoramos, aunque también nos entristecemos. Siempre nos devuelve un recuerdo cada vez que la sentimos. La música es arte, pero también es ciencia. Es alegría, pero también tristeza; es presente y pasado; es paz y violencia. La música abraza, pero también es capaz de desencadenar recuerdos perturbadores. La música es vida y es tan necesaria para el alma, al igual que los ejercicios para el cuerpo. 

Para Anthony Sandoval Espinoza, la música es una bendición que heredó de su familia materna. Sus abuelos le han contado desde muy niño que, cuando él todavía no llegaba a este mundo, ellos le cantaban mientras él aprendía a moverse dentro de su madre. 
Toda la familia materna ha estado ligada con el hermoso arte de transmitir sonidos en todas sus variedades. Su bisabuelo, don Oscar Olaya Naranjo, fue un músico especialista en la guitarra. Su fuerte estaba en los boleros, pasillos, así como en la música criolla.
Anthony fue bautizado desde muy niño como “El charrito de oro”. Fue en una invitación, a los once años de edad, cuando en el restaurante paiteño, El Rancho de mi madre, se presentó gracias a que el dueño lo descubrió en una actuación de su escuela inicial. “Fue por el traje que me fabricaron mis padres”, dice. Ese día se preparó para cantar como lo hacía Pedrito Fernández en los videos que había visto. Y lo hizo tan bien que de todas las mesas le llovieron monedas. Aquel día Anthony ganó más que los cantantes profesionales. Y, como si fuera poco para tan inesperado estreno artístico, ese mismo día el director de una revista local le propuso salir en la portada de su próxima edición.

Anthony, afirma, fueron sus abuelos maternos, Juana Olaya y José Espinoza quienes le inyectaron ese gusto por la música y el canto. Recuerda sus inicios en la casa de la parte baja de Paita, en el sector 13 de Julio, cuando la frontera de su casa se volvía en cuestión de minutos el mejor de los escenarios. “Los vecinos me aplaudían, me felicitaban y hasta recuerdo que un día me regalaron un balde de ciruelas, como premio”.
Su abuelo era la pasión, pero su abuela la técnica, el estudio y la perfección, la mujer que le enseñó el amor por la música criolla y la que lo llevó a todos los lugares que hoy recuerda como sus inicios. “Ella sigue siendo una cantante reconocida, aunque, en sus buenos tiempos, tenía licencia para meterme a la fuerza al escenario y para exigir a los empresarios que me dieran la oportunidad”. 

Anthony sintió que era diferente a sus amiguitos cuando empezó a ganar becas para estudiar en los mejores colegios de Paita. “Me querían para representarlos en los juegos escolares”, afirma sonriente. Es que el charrito de oro estaba predestinado para los escenarios tanto que su madre Diana Espinoza Olaya, también artista y ex integrante de agrupaciones musicales, tuvo que renunciar a su trabajo y a sus sueños para que su heredero cumpliera los suyos. Nunca fue normal su niñez. Nunca las celebraciones de su familia tuvieron que ver con las canciones de moda. En su casa se respiraba criollismo del bueno, y el niño Anthony se hizo hombre entre jaranas llenas de guitarras y cajones que se convirtieron en el lenguaje de sus emociones, mientras que los primos de la familia correteaban en las calles siendo más niños que nunca. “No existían los equipos electrónicos para mi familia y yo soñaba con ser como ellos”, dice Anthony. A él siempre le estremecía el alma ver a su abuela en los escenarios. El cariño que recibía de la gente lo seducía y lo atrapaba cada día más. 

El viaje inesperado
Su madre creía tanto en él que, en un día cualquiera, cuando regresaba de su escuela, Anthony encontró su maleta preparada para partir a la capital. Diana Espinoza había escuchado de un casting para un concurso de canto en Frecuencia Latina. Buscaban “La Nueva voz del Perú”, y su tía Norma, que vivía en Lima, se había ofrecido para hacer la cola para que el heredero de la familia de artistas paiteños tuviera la oportunidad de mostrar su talento con otros niños de su edad. Anthony participó con la canción La Guardia Nueva, no sin antes experimentar los nervios e inseguridades propias de un ser humano que va a ser juzgado por otros. “En la fila había no solo niños, sino adolescentes muy seguros de ellos, que hablaban de sus presentaciones en orquestas y de uno que otro evento”, nos cuenta Anthony. Cuatro mil quinientos participantes, contaron los organizadores. Casi imposible entrar entre los finalistas. Sin embargo, el niño paiteño que había sido preparado por su abuela y por su madre, logró estar entre los treinta que iniciarían el concurso. 

Después de su primera audición en la pantalla chica, los miembros del jurado calificador le ordenaron cambiar el look de niño paiteño-provinciano que lo había acompañado en su primer viaje a la capital, y a la siguiente presentación se volvió irreconocible. Su madre lo había llevado a una peluquería del jirón Gamarra, para que lo transformaran: Maricarmen Marín, Kathy Jara y los hermanos paletazo no podían creer cómo el niño Anthony había cambiado por completo. No quedaba nada del porteñito mal vestido y medio monse para el escenario. Anthony era todo un artista en su segunda audición, y el jurado ese día le dio valor a su voz y votó de manera unánime para que siguiera en carrera. Es que Anthony había dejado huella desde el inicio cuando, interpretando la famosa composición de Augusto Polo Campos, le mostró al país entero que en verdad él era “La nueva voz de la vieja canción que nunca muere”. El niño, lo sabía, había sido preparado desde antes de su nacimiento para que fuera feliz en los escenarios, y con esa canción le contaba a todo el país: “Yo soy como un gorrión que por primera vez cantarles quiere”. En ese concurso no solo estaba el niño, sino su madre, sus abuelos y el patriarca de la familia, don Oscar Olaya Naranjo. El niño sentía que, lo que estaba viviendo, se los debía a todos ellos. “Sin mi familia yo no hubiese vivido todo lo que he vivido en el arte de la música”, afirma emocionado, Anthony Sandoval Espinoza. 

Cuando regresó a Paita, Anthony saboreó la popularidad de un hombre del arte. Todo su colegio lo esperaba a su arribo, además del alcalde, Porfirio Meca, que había estado pendiente de sus presentaciones en Lima. “En ese momento recién sentí que yo era un artista de verdad”. 
Hoy Anthony Sandoval Espinoza es todo un maestro, y no solo para niños, sino para todo aquel paiteño que desee aprender a cantar. Hoy tiene una academia donde ha tenido alumnos mayores, como aquel caballero de sesenta años que un día cualquiera llegó en busca de ayuda para mejorar en sus interpretaciones.  Anthony es consciente de las necesidades de su puerto en cuestión de aprendizaje, porque él tuvo que regresar a Lima para continuar aprendiendo. Fue alumno de Shantall Oneto, de Ricardo Morán y hasta del mismísimo Augusto Polo Campos. “La música es para todos, siempre se puede mejorar. Hay niveles, claro está, pero el canto es perseverancia”, dice el artista. 

De regreso a la Televisión
Un artista como Anthony nunca ha podido quedarse quieto, no es su naturaleza, él ha nacido y ha sido criado para los escenarios. Fue mientras pertenecía a una peña criolla juvenil cuando regresó a la televisión peruana. Esta vez no como concursante, sino como un verdadero cantante, en el programa de la famosa intérprete criolla, Bartola. Habían sido escogidos a través de un video que enviaron todos los integrantes. Ellos buscaban un casting, pero sus talentos estaban para ser presentados y no juzgados. Todo el puerto vibró con esa presentación, y más porque la canción que escogieron hablaba de la tierra que los había visto nacer: “Paita hermosa”, del escritor y compositor Jorge Hidalgo. Pero Anthony no solo canta, sino que encanta. Tiene una voz, como le dijo su abuela en alguna oportunidad, que puede sentirse como un regalo. Anthony es animador por naturaleza y nunca pierde la oportunidad para demostrarlo. “Qué bonito que habla el Anthony”, le dijo en esa oportunidad Bartola. Le había gustado tanto el desenvolvimiento de aquel joven paiteño que, después de la presentación, lo invitó a él solo para animar el siguiente programa, uno que estaba destinado a la celebración por el día del niño y de la juventud. “Fui como cantante de una peña juvenil y terminé siendo coanimador de la grande Bartola”, nos cuenta sonriendo el artista. 

Pero Anthony Sandoval Espinoza no solo es un artista a tiempo completo, que en este 2025 celebrará sus quince años inmerso en el arte. También se da un espacio para terminar su carrera profesional en Derecho y Ciencias Políticas que suspendió debido a la pandemia del Covid 19. Anthony es consciente que la preparación tiene que ser en paralelo, como todo en la vida, porque la grandeza está en lo que somos por dentro más que por fuera. Anthony es feliz cantando y enseñando, y no solo se centra en el aprendizaje del canto sino en la seguridad de sus alumnos. Le importa mucho reforzar la autoestima. “El niño de mi academia sale creyéndosela para que después el público se la crea cuando lo vea”, asegura el artista. Nos ha asegurado que él siente que, así como su familia veló por su aprendizaje, él está más que seguro que su misión en esta vida es velar por el bienestar de todo aquel ser humano que necesite de su ayuda que, al igual que él en sus inicios, sueña con subirse a un escenario.

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