Nacida para cantar
Por Ricardo Espinoza Rumiche
Dulce Brizet Ayala García postuló en un concurso para ser parte de una orquesta y terminó siendo escogida por otra agrupación que la descubrió a través de las redes sociales. “Nunca la vida es como uno la piensa, a veces la cosa se pone mejor”, dice sonriendo. Es que los organizadores del evento -sin pensarlo- transmitieron el casting por redes sociales sin percatarse que otras orquestas hacían el suyo sin tanto esfuerzo.
Gracias a esa oportunidad, Dulce ha conocido gran parte del país, y hasta ha actuado en el programa del imitador y comediante, Jorge Benavides.
Así es la vida de sinuosa. Ella, que creció entre cumbias, merengues y todos los estilos tropicales en los que se había preparado por años, terminó cantando en escenarios propios de ritmos sanjuaneros. “Me tuve que acostumbrar, dice Dulce, lo bueno es que, desde muy niña, en el colegio y en las reuniones familiares, me gustó siempre el zapateo”.
Dulce Brizet Ayala García baila, canta y encanta. La gente siempre se lo dice y ella se lo cree. El encanto es una cualidad tan natural como el aire. Hay mujeres encantadoras por todo el planeta, es cierto, pero no todas son como la buena poesía y el buen vino.
Dulce Brizet aparenta ser una mujer madura, pero apenas ha cumplido la mayoría de edad. Parece frágil por su apariencia, pero ha sido capaz de poner en su sitio a más de un faltoso que se ha querido sobrepasar ante sus encantos.
Vive sola porque la vida la preparó desde muy niña, cuando falleció su madre a sus cortos seis años de edad.
La vida no ha sido nada fácil para la artista paiteña. Las vacas flacas han sido constantes, pero ella, nos dice, le ha ganado al sol, a la luna y a todos los vientos en contra que le han susurrado al oído.
Dulce Brizet Ayala García siempre se sintió esclava de su economía, y eso, antes que amilanarla, le dio fuerzas para reinventarse. Desde muy pequeña ha trabajado en restaurantes, ferreterías y, sin vergüenza alguna, vendiendo a escondidas de sus profesores, dulces y demás productos en los recreos de su colegio. Cada vez que sentía decaer, nos cuenta, recordaba que el dinero que ganaba la hacía sentir una mujer libre.
La Génesis
Dulce Brizet Ayala García tenía doce años cuando su familia la llevó a una iglesia evangélica. Antes que el sermón y la palabra, quedó enamorada del coro. Ella misma pidió entrar en el grupo, porque se había escuchado y porque se sentía cantante cuando nadie le había descubierto ese arte que llevaba muy bien escondido. Siempre estaba sola en casa esperando que su papá volviera del trabajo.
Le pusieron de nombre Dulce porque, en tiempos de gestación, fue el antojo preferido de su madre; y Brizet, porque era el nombre de la enfermera que la atendió tan amorosa en el día de su nacimiento.
Dulce es la menor de tres hermanos de padre y madre y siente que ha vivido más que los otros dos juntos. “Tuve mi etapa de rebeldía que me llevó a visitar al psicólogo del colegio”, me dice. Y todo por juntarse con el grupo de los repitentes, de los descarriados, de los que le enseñaron a fugarse de la escuela por amor al relajo. La ausencia de su madre siempre le generó sentimientos predominantes, además de mucha tristeza. No obstante, Dulce estaba predestinada para los escenarios. Allí, entre aplausos, encontró la manera saludable de expresar todo ese abandono que sentía, a través del canto y el baile. Pero siempre, lo cree desde su niñez nuestra cantante, es su madre que la regresa al camino del bien. Siempre recibe un mensaje que le recuerda su rostro. Siempre aparece a través de otra persona. Dulce está segura que es su madre quien le envía ángeles para que la aconsejen y la cuiden.
La renuncia inesperada
Dulce acaba de renunciar de la agrupación que la acogió y que le ha brindado la experiencia de estar en escenarios que meses antes ni los imaginaba. Lo ha comunicado vía redes sociales. Sus seguidores han reaccionado con caritas tristes. Nadie lo puede creer porque horas antes se mostraba feliz compartiendo una gira nueva con su agrupación. Dulce no dice el motivo, solo siente que es lo mejor para ella en estos momentos. No insistimos. Para un artista de los escenarios, el canto y el baile son importantes, y el punto es encontrar la armonía perfecta. Dulce es una cantante con mucha emoción y técnica de estudio, la misma que ha tenido que aprender de la nada, solita, viendo videos de academias y repitiendo hasta escucharse como ahora los empresarios la escuchan. Es una artista empírica, experimental y práctica. Ha practicado tanto en su casa que le han dicho que se calle porque a ella nadie le ha pagado para que haga bulla. Sin embargo, Dulce Brizet no se deja, ella es consciente que sin estudio y sin preparación, jamás hubiese podido encontrar la herramienta que le ha ayudado a expresar lo que su espíritu libre siente al cantar.
Su hermana, Yadira Ayala García, que es para ella como la madre que le arrancó la vida, pero que apenas le lleva dos años de edad, al enterarse de su renuncia, le comenta: “Eres y siempre serás la mejor, y estaré contigo apoyándote en las decisiones que tomes. Te quiero mucho”. Todos se preguntan qué pasó y por qué Dulce deja la agrupación. La cantante no lo dice, ha decidido no entrar en detalles, solo anuncia que se va con el corazón lleno de gratitud por cada experiencia que le ha ayudado a crecer como persona y artista. Además, como dicen por ahí: “Renunciar a un empleo por perseguir tus sueños nunca es un error”.
Wilmer Flores Aguirre, el tecladista de la agrupación a la que renuncia, le dice: “Eres una gran persona, una gran cantante y una muy buena compañera. Sé que te espera un buen futuro. Sigue adelante y que sigan los éxitos”.
Por su parte, Miriam Alvarado, una colega cantante de otra agrupación, agrega: “Sigue brillando, amiga, ya habrá momento de coincidir. No olvides que eres una gran cantante.
Ya no hay vuelta atrás. Dulce se va llevándose consigo el secreto de su despedida, mas no el sentimiento de la misma. Se va agradeciendo, como los buenos seres humanos que aprenden a tragarse el rencor. Se va feliz porque ha conocido escenarios, a sus cortos dieciocho años, que no imaginó conocer. Lo deja todo y sigue siendo dulce. Es que ella sabe que hasta en los peores momentos puede nacer la felicidad. Sus padres le enseñaron eso cuando le contaron que ellos se conocieron en una pelea y allí mismo nació el amor entre ellos.
Dulce Brizet Ayala García, se va despidiéndose del club de fans de la agrupación que la acogió casi medio año. Sin embargo, les ha dejado a sus seguidores una puerta abierta, una esperanza, un nuevo camino que ha decidido emprender; su comuniado termina dejándonos a todos en el limbo: “Lo mejor está por venir”.
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