De profesión, pescador


Por Manuel W. Espinoza Silva

Hace varias lunas, tras un reencuentro inesperado con mis amigos Julio y Roberto, terminé embarcado en el Ruby-5, un atunero pequeño, de madera, que ya tenía más de 50 años en faenas de pesca de altura. Yo era un pescador de tipo arrastre y ni por un segundo se me había ocurrido cambiar ese ambiente. No obstante, cuando Roberto tocó la puerta de mi casa, sabía que no tenía escapatoria. Había tenido decenas de conversaciones con amigos donde nos jurábamos emprender proyectos, pero ninguno pasaba de una conversación seria y concreta. Sin embargo, con Roberto y con Julio no había marcha atrás y cuatro días después zarpábamos con rumbo norte. 
En esa primera mañana, el desayuno fue anunciado por una campana. Estábamos a la altura de Los Órganos donde muchas veces había pescado lo mejor de las especies de consumo humano directo. No obstante, a pesar de la bendición que teníamos los pescadores de tipo arrastre, la mayoría de tripulantes soñaban con embarcarse en las naves atuneras. Yo estaba en una de ellas sin haberlo buscado, sin haberlo soñado y por insistencia de Julio, que era el primer capitán; y de Roberto, que era su segundo al mando. 
Un día completo buscando el famoso atún y nada que lo hallábamos. Fondeamos en la noche en Máncora, y a las 5:00 am. del día siguiente otra vez enrumbábamos. Según narraban los viejos lobos de mar, cuando los veranos eran secos y demasiado calurosos, era señal clara de mal tiempo para la pesca de altura, tanto que muchos tripulantes aprovechaban para pedir licencia, ocasionando problemas para los capitanes al tener que completar la tripulación. Tal vez mi presencia era el claro ejemplo de ello. 
En el tercer día de pesca, recién escuchamos la voz del capitán dando una orden. “Alerta”, dijo. Pero uno de los tripulantes expertos observó otra cosa diferente: “es pescado chico, capitán”, intentó advertir, aunque nunca fue escuchado. Demasiado tarde: era jurelillo, pescado chico. Minutos antes, todos en la cubierta, menos el experimentado tripulante, estábamos felices porque con esa cantidad que se veía nos imaginábamos cargados y rumbo a puerto; es decir, un golpe de aquellos. Yo hasta había imaginado que les había llevado suerte con mi debut. Sin embargo, minutos después apareció la desgracia frente a todos: un jurel en cada malla. Era una desgracia, un caos. El boliche pesaba tanto que ninguna maniobra hacía que lográramos levantarlo. Horas sobre horas en la cubierta, levantándolo como sea y desmallando jurel por jurel. Toda la madrugada trabajando a regañadientes. Si minutos antes me había sentido el de la buena suerte, en esos momentos sentía que todos me culpaban. 
Amaneció, pasó la tarde y recién a las nueve de la noche del día siguiente pudimos acabar. No nos quedó de otra que navegar rumbo a la caleta más cercana, para fondearnos y descansar, con una tripulación al borde del colapso, con heridas en las manos y un par de intoxicados.
Una semana estuvimos fondeados en Los órganos, porque había que esperar que se pudrieran los restos del pescado que había estado amallado y, además, como si fuera poco, porque se malogró el motor de la panga. “¡Cuánta desgracia!”, pensaba. Si eso le hubiese pasado a un tripulante nuevo en las lanchas de tipo arrastre donde yo trabajaba, sin duda alguna, yo mismo lo hubiese culpado de la salación.
A la medianoche, llegó un ingeniero para arreglar el motor de la panga. Lo vimos llegar en una balsilla. Era un gringo apellidado Stevens. Mr. Stevens para todos, quien solucionó el problemita en dos días después de encargar una pieza. Pero, como la mala suerte seguía rondando el Ruby-5, Mr. Stevens pisó una madera la cual hizo palanca golpeándolo a la altura de la ceja: se llenó de sangre el rostro en cuestión de segundos. ¡Qué carajo, cuánta mala suerte! Lo trasladamos a un hospital. Lo acompañaría el segundo al mando, Roberto y dos tripulantes. 
Pero a Mr. Stevens no le gustaban los medicamentos. Decía que en su país la gente se recuperaba con alcohol, y que él no necesitaba de medicina, sino de un buen ron para limpiar su sangre. Y se los llevó a una cantina en el centro de Los órganos. 
Para la hora de la cena empezó la preocupación por la demora de los acompañantes. El capitán con dos tripulantes decidió ir hasta el sanatorio para preguntar por Mr. Stevens y también por sus tripulantes. Nunca encontraron respuestas. Buscaron por las inmediaciones hasta que un hombre les dijo que, en tal cantina, había visto a un gringo con tres hombres bebiendo.
Le contrataron un taxi a Mr. Stevens después de convencerlo de que ya había que acabar con “su tratamiento curativo”, para que lo llevara directo a su destino, y a los tripulantes se les ordenó dirigirse al barco. Sin embargo, ya en el muelle, a Roberto le traicionó su condición y cayó al mar. Varios minutos estuvimos buscándolo. “No podíamos tener tan mala suerte”, pensaba mientras buscaba desesperado a mi amigo. Fue gracias a la “ardentía”, como los pescadores viejos llamaban a esos microorganismos luminosos, que logramos ubicarlo para rescatarlo sin mayor novedad. 
Pesquera Estrella, la dueña del Ruby-5, tenía fuera de Colombia al “Nuevo Mundo”, un barco que cumplía su tiempo de pesca, pero que le había ido tan mal que debía abastecerse para seguir en faenas, y para eso se había ordenado que “El Libertad” llegara a su zona con víveres y combustible para recargarlo. Hacia ese punto nos dirigimos. Seríamos tres barcos de la misma empresa en busca de los atunes. “La cosa estaba empezando a mejorar”, pensé.
Pero, en una noche, con el Ruby-5 a la deriva y con las luces encendidas, y con el ingeniero de máquinas, un norteamericano llamado John, que tenía dos cañas de pescar, nos pusimos a pescar “los dorados” que eran atraídos por las luces de la embarcación. Todo estaba tranquilo hasta que el capitán llamó a la guardia de navegación. Nos sorprendimos de la orden. Y, como todavía me quedaban dos horas de guardia, asistí al puente de mando. Otra noticia mala, esta era peor y trágica: “El Libertad” se había ido a pique. “Era increíble, la mala suerte se estaba convirtiendo en una sombra, nos moviéramos donde nos moviéramos, siempre estaba ahí”, me dije a mí mismo. 
Fue así que, buscando a los náufragos, conocí la isla de la Gorgona, una maravilla de la naturaleza que, en 1960, algún burócrata colombiano la convertiría en prisión. Asimismo, era habitada por madereros. Y como el Ruby-5 navegaba con bandera norteamericana, nos era fácil tomar contacto con las autoridades de turno: Desembarcamos tres tripulantes, previamente identificados: el segundo capitán, el ingeniero de máquinas y yo. Y conversamos con las autoridades, que no eran otras que las misma que dirigían el penal. Todo fue con mucha amabilidad y explicando el porqué de nuestro arribo. Luego nos despidieron con frutas y bebidas que nos entregó un hombre llamado Raúl, que era peruano, del sur de nuestro país y que estaba entre los detenidos con una condena bastante considerable. “Dónde no habrá un peruano en crisis”, me dije en silencio.
Después de tres días de búsqueda, nos informan que la tripulación completa estaba a salvo en el puerto de Tumaco. Se habían salvado y habían llegado solos navegando en la panga del Libertad que, al intentar pasar los víveres y el combustible al Nuevo Mundo, sumado al mal tiempo de ese día, se habían golpeado entre sí causándole una abertura en el caso seguido del hundimiento.
Pero como no todo tiene que ser malo en la vida, después de quince días de haber zarpado, nuestra bodega recibió las primeras treinta toneladas de atún. Estábamos cerca de Galápagos, el archipiélago ecuatoriano, una maravilla del mundo. Fueron las luces de dos barcos inmensos que nos había llamado la atención. Resultaron dos naves canadienses de color celeste: “Atlantic III” y el “Atlantic V”, las cuales, entre su tripulación, había tres peruanos embarcados; pero no pudimos visitarlos, aun cuando el capitán había solicitado el permiso correspondiente a su par, porque en esos momentos se desató una lluvia con tanta intensidad que me parecía algo incomparable. 
Lo otro que no se podía comparar era que los canadienses estaban pescando “al palo”, un sistema usado por esas zonas de lluvias donde los ríos arrastran todo tipo de palos y árboles al mar, aprovechando así la pudrición de los árboles que, al llenarse de microorganismos, sirven estos de alimento a los peces pequeños, atrayendo así a los más grandes y generando de manera natural una cadena alimenticia marina que culmina con el atún como el actor principal. Y por eso estaban los canadienses en el lugar, vigilantes a un enorme palo que a diario les daba buena cantidad de pesca.
Cogimos aquel palo cuando terminaron de cargar los canadienses. Lo amarrábamos en las noches y lo calábamos en las mañanas. Le pusimos nuestro nombre como mandaba la tradición y nos adueñamos de él antes que llegara otra embarcación. Días buenos pasamos pescando de lo que nos brindaba el palo hasta que se nos perdió una noche que tuvimos que soltarlo por el fuerte viento que nos azotó. 
Ahora navegamos hacia el sur. 
Ya llevamos más de medio viaje y es momento de pensar en ir acercándonos al puerto. Los días han estado lluviosos, pero el jefe de cocina, el Sr. Castillo, nos dice que es una característica buena eso de levantarse el mal tiempo y caer después de unas horas. “Es señal que habrá buena pesca”, afirma. Efectivamente, el barco se detiene por orden del capitán que también intuye lo mismo. 
Al día siguiente, el capitán observa un ave. Su experiencia le dice que cabe la posibilidad que esté en dirección a un cardumen. Lo seguimos y, en pocos minutos, eran más aves persiguiendo una buena mancha de atún. Después de la faena para cercarlo, el capitán calcula unas cincuenta toneladas más que entrarán en la bodega. Ese día aprendí que, en mar abierto, es difícil encontrar aves porque no se alejan mucho de las costas, salvo que estén siguiendo su alimento.
En el comedor todo fue celebración esa noche. Hay whisky y finos tabacos que ha sacado el segundo capitán para festejar la buena pesca. Yo, qué pena, estoy otra vez de guardia y no me queda otra que despedirme. “Cuidado se roban el barco”, me dicen, y todos sonríen. 
Quedan quince días para el arribo estimado. Es momento de controlar el gasto de lo que se consume en combustible. Siguen los lances: casi perfectos todos, hasta que pescamos un inmenso ejemplar de veinticinco metros, aproximadamente. No es un atún. “Es un tiburón-ballena”, exclama uno de los tripulantes. Y, como somos atuneros y no tiburoneos, parte de la tripulación se lanza al mar para maniobrar y permitir que el enorme ejemplar pueda salir de la red. Esto nos genera pérdida de tiempo y también de pesca. En el mar, lo único fijo es que vas a despertar entre el cielo y el mar, pero no qué experiencias vivirás en el transcurso del día.  
Una semana después, otra vez escaseó la pesca. Esto generó conflictos entre la tripulación debido a que ya el viaje acababa. Los más antiguos y estables despotricaban del capitán. Se respiraba tensión en el barco. Dicen que el diálogo es la mejor herramienta para resolver los conflictos, pero las relaciones se habían cortado tanto que algunos tomaban sus alimentos en la cubierta y nadie daba el primer paso para encontrar las soluciones. Los rebeldes querían llamar a puerto para denunciar al número uno. Decían que no conocía su trabajo y que el viaje había sido una pérdida de tiempo por la poca pesca en las bodegas. Se hablaba de un amotinamiento y de llevarse el barco a puerto.
En la cena, el capitán se entera de lo que se respiraba en el ambiente y decide regresar a puerto. Yo, otra vez, estaba de guardia ese día. Y me sirvió porque pude conversar con el capitán, mi amigo, para que desistiera del regreso inesperado. Mi experiencia en el mar me daba cierta libertad para expresarme. Le solicité permiso para ser mediador y aceptó. El jefe de máquinas y yo bajamos a la cubierta e invitamos a todos al comedor. Lo primero que les dije fue que, amotinarse o desobedecer a un capitán es algo penado por las autoridades marítimas. Yo era un capitán de tipo arrastre y conocía el reglamento al revés y al derecho. 
Logramos calmarlos. No sé si por mis palabras o porque hay tres cosas que no se pueden ocultar cuando se pasa mucho tiempo en el mar: el sol, la luna y la verdad.
II
Se sintió un fuerte golpe que nos despertó a todos, asustados. Habíamos encallado y nadie tenía idea de dónde. Eran las 4:30 de la madrugada y el mar nos golpeaba tan fuerte que parecía reclamar su espacio. Todo era espuma, como un manto blanco, olas que golpeaban en la popa y se perdían en la proa. La orden del capitán fue permanecer todos juntos en el puente de mando hasta que amaneciera. No estábamos con el mismo capitán porque los reclamos de los viejos tripulantes del Ruby-5 habían logrado que Julio fuera cambiado, y en su puesto, llegara no un capitán atunero sino un anchovetero que era considerado como el mejor capitán del año y que, como había empezado la época de veda, y gracias a sus influencias, había sido aceptado para que probara sus conocimientos en el Ruby-5. Era mi segundo viaje en la pesca de atún y ahora me encontraba varado en una playa desconocida, siendo amenazado constantemente por el mar y el viento que parecían reclamar algo que les pertenecía.
Nikola Novick, se llamaba el nuevo capitán y, desde las primeras horas de navegación, notamos que de atunero no tenía nada. Todos sus movimientos eran propios de la búsqueda de anchoveta. Era tanta su ignorancia que buscaba la pesca a través de los aparatos electrónicos y no observando el comportamiento del mar, las luces y las aves, como hacían los verdaderos atuneros. Los viejos atuneros tripulantes se organizaron para subir al puente y explicarle que hasta estábamos navegando por zonas donde nunca se había pescado el atún. Estábamos por la isla Lobos de afuera, lugar favorito de muchos arrastreros como yo donde siempre habíamos pescado buenas especies, pero jamás atún. Igual el nuevo capitán ignoró nuestra preocupación y continuó con su terquedad. Y por eso, yo más o menos calculaba el lugar donde habíamos varado.
Era una playa muy seca y, a primeras intenciones, nos pareció que era imposible que el Ruby-5 pudiera ser rescatado. La marea había bajado tanto que nuestro barco parecía haber sido colocado adrede en el lugar. Y, lo peor de todo, lo que nos quitaba el sueño de poder salir de esa playa, era que el boliche poco a poco se iba regando por la cubierta, lo que dificultaba cualquier maniobra pensada. 
El barco queda escorado hacia babor, pero en pocos minutos, por insistencia del viento y las olas se atraviesa, señal que debemos abandonar la escena cuanto antes porque la situación amenazaba con voltearlo. 
No tenemos comunicación y a las 14 h el capitán ordena abandonar el barco. Lo hacemos con sigilo, observando que todo lo que había caído del Ruby-5 terminaba en la playa; es decir, las olas y el viento estaban a nuestro favor. En primera instancia me ofrezco junto con Roberto para llevar el extremo del cabo que usaríamos para trasladar a la tripulación hasta la playa; sin embargo, el capitán le ordena a Roberto que sea el último junto con él en salir para dirigir las maniobras de rescate. Yo confeccioné una pequeña balsilla con dos maderas que había amarrado, me acompañó el panguero, Claudio. Efectivamente, las olas y el viento hicieron lo suyo y rápidamente nos llevaron a la orilla.
Era un lugar inhóspito, solo se podía observar dunas de arena fina que el viento revoloteaba de manera fácil dificultando la visión de cualquiera. Y, como no había de dónde sujetar el cabo, lo templamos entre Claudio y yo para que así nuestros compañeros lograran abandonar el Ruby-5 que ya se mostraba escorado e inerte después de tantos años de faenas. Es una sensación extraña. Horas antes el Ruby-5 era la esperanza de todos y ahora nos dejaba abandonados en una isla desierta y luchando por sobrevivir. Una vez me preguntaron: ¿a qué te dedicas? Con orgullo contesté: De profesión, pescador. 
III
Después de diez horas de camino, a paso ligero, llegamos a un puesto policial. Recién pudimos comunicarnos con la Pesquera Estrella quienes nos ofrecieron que un superintendente de flota llegaría de inmediato. Nos llevan a un hospital, no sin antes proporcionarnos alimentos y vestimenta. Periodistas de diferentes medios nos rodean, pero todos hemos decidido que solo hablaría el capitán para no entorpecer cualquier investigación. 
Mamani, el hombre de Puno, nacido en Juliaca, sigue mudo y con la mirada vacía. Después del dueño del barco es él el que ha perdido más que el resto de tripulantes. Todo su dinero de muchos años de trabajo lo tenía ahorrado en el barco que se había quedado en la playa. Se decía que lo guardaba en una caja soldada cerca de su camarote y que, con la desesperación y el miedo, se había olvidado de sacarlo. Ya en la playa Mamani solo observó cómo el Ruby-5 se despedazaba al ritmo de las olas y el viento, las mismas maderas que nos había servido para hacer una fogata y protegernos del frío incesante de la playa había sido su escondite perfecto para ahorrar dinero para su vejez. 
Algo parecido me ocurría a mí. Me había embarcado no con esperanzas de cambio, porque yo seguía siendo un pescador de tipo arrastre, sino llevado por una necesidad de seguir experimentando la vida en el mar. Había escuchado muchas conversaciones de pescadores atuneros y todas terminaban en finales felices. Pero la mía no y sentía que se parecía a la de Mamani. Había salido a la mar para ganar dinero y estaba en un hospital, y había estado en una playa desértica. Yo era un capitán de tipo arrastre y había tenido un capitán inexperto que había encallado en un lugar donde nunca se había visto atún, y había estado a punto de ser tragado por el mar. Tenía sentimientos encontrados. No estaba seguro si era mala suerte o una señal del destino para mis siguientes mareas. Con los años y las experiencias, uno siente que es un libro que puede ser leído por otros, un libro bastante usado, por cierto, pero valioso que puede ayudar a otras generaciones a no equivocarse tanto.

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