“Carrie”, la reivindicación de los oprimidos
Por Fernando Chiroque Castillo
Dicen que los libros buenos llegan en el momento indicado. Existen libros que cumplen con una función meramente decorativa en el librero del lector. Incluso hay libros que vegetan y, amarillentos, se van empolvando en un rincón, olvidados. No es el caso de “Carrie”, la primera novela publicada de Stephen King y el segundo libro que leí de ese autor. “Carrie” llegó a mis manos en una época que calzaba a la perfección con la temática del libro. Por azares del destino, perdí mi ejemplar (una copia pirata con las hojas despegadas). Pero, apenas el mes pasado cuando en la universidad tocamos el tema del bullying, recordé este hermoso libro. Fui a la costosa Crisol y me compré el único ejemplar que quedaba. La relectura me hizo notar cosas que, en mi adolescencia, pasé por alto. Me identifiqué tanto con esa jovencita acosada por sus infames compañeras.
Dice el propio King que había desechado el borrador de la novela, siendo su esposa Tabitha – también escritora – quien lo obligó a terminarla y a publicarla. Luego del obvio rechazo de las editoriales, salió una versión bastante escueta. No pasaría ni un año para que “Carrie” se convirtiera en un superventas.
¿De qué va esta historia para que haya cautivado a ya varias generaciones de jóvenes? La trama es simple: una chica de dieciséis años tiene su primera regla – luego el libro explica por qué tan tardía la menarquía de Carrie – en las duchas, frente a las hienas de sus compañeras que, asqueadas, pero infladas de esa falsa valentía que te da el sentirte supuestamente superior, le arrojan tampones y toallas higiénicas. Pronto, Carrie se dará cuenta que tiene poderes psíquicos y telequinéticos y, mientras se trama un plan de las chicas para humillarla aún más, King despliega una novela epistolar, mostrándonos todas las caras de un cubo que solo puede terminar en tragedia. Allí está Sue Snell remordida por la voz de su conciencia. Está la madre de Carrie, una fanática religiosa que no acepta lugar para el verdadero amor maternal. Y, por supuesto, Chris, otra villana que es capaz de todo con tal de humillar y poner en ridículo a Carrie.
Hay un capítulo de South Park donde critican a los que le queremos ver significado a los libros. ¿Pero acaso no es tremendamente seductora la pluma de King? Carrie se convierte en un símbolo de los oprimidos, de los vapuleados, de los que siempre se caen al caminar, de los que se orinan en la ropa interior, de los golpeados, de los invisibles. Sin embargo, hay algo que Carrie tiene y que le pertenece únicamente a ella. Su sed de venganza. ¿Es ésta producto del adoctrinamiento de su madre (justo recuerdo un monólogo de Carrie donde ella espera que “ese dios devastador baje para cumplir con toda justicia”) o es la respuesta al hincón de sus compañeras? Eso lo dirá el lector.
No me queda más que invitarlos a leer a King, siempre tan favorito en los premios Nobel, pero nunca galardonado. Descubrirán un mundo de fantasía y realidad – vaya contradicción – que los pondrá a comerse las uñas y el cerebro. Sus fanáticos albergamos la esperanza de verlo laureado por la crítica seria. Pero, como escribió Roncagliolo, “para eso, King, tiene aliados más allá de la “realidad”.
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